Tuesday, December 05, 2006

Esta semana, como ya estamos en Navidad, os voy a poner una historia que habla de la tensión y del estrés. A ver si os gusta:

Situación límite.

Cuando se habla de una situación límite, todo el mundo tiene más o menos claro a que nos estamos refiriendo. Ahora bien, la percepción de lo que es una situación límite cambia de persona a persona. Así, lo que para una persona es una situación límite, otra persona exactamente en la misma situación podría no tener la misma tensión.

Básicamente se podría decir que es la propia experiencia la que va a determinar si se percibe la situación como límite o como algo más o menos normal. También el entorno o las circunstancias influyen en la determinación de si una situación es límite. Por ejemplo, para una persona con una buena preparación y con potencial, una situación de reestructuración de la empresa puede ser recibida como una oportunidad y para otra persona quizá más acomodada o que no ha evolucionado, puede suponer la pérdida de estatus e incluso de su empleo.

Seguramente todo el mundo haya sentido la sensación de haber estado en una situación límite en el trabajo. La reunión en la que tu jefe lanzó tu informe al suelo, o en la que el cliente insinuó que se le había acabado la paciencia…, pero permitidme que me refiera a una situación que yo percibí como límite hace ya algún tiempo y que no está circunscrita al mundo del trabajo.

Cuando era un adolescente, catorce años más o menos, pertenecía a un club de piragüismo muy pequeñito en la que muchas veces salíamos a entrenar sin supervisión adulta. El club de piragüismo no estaba situado al lado de un río, como suele ser lo habitual, sino que en este caso estaba en la costa. Un 24 de diciembre por la tarde, (recuerdo la fecha por su especial significado) nos juntamos cuatro compañeros y salimos a entrenar en una K-4 (una embarcación para cuatro personas). Decidimos cambiar nuestra ruta habitual de entrenamiento y nos fuimos hacia una parte de la costa que no conocíamos. Llevados por el entusiasmo de lo nuevo, nos alejamos demasiado y cuando nos quisimos dar cuenta, la noche había caído, estábamos muy lejos y el frío empezaba a afectarnos.

Entonces fue cuando surgieron los primeros roces. El que estaba más cansado quería acercarse a tierra y buscar un teléfono desde el que poder llamar para que nos viniesen a buscar, el que tenía más frío opinaba básicamente lo mismo pero no le gustaba la idea de pedir ayuda, decía que sólo necesitaba calentarse un poco para poder empezar a remar hacia casa otra vez. La principal preocupación del otro compañero y la mía propia, era la imagen de inconsciencia, con la consiguiente pérdida de confianza, que íbamos a dar en nuestras respectivas casas. Cualquiera que haya mantenido una discusión en algo tan frágil como una piragua, de noche, y el medio del mar, sabrá que la situación no era fácil.

Estuvimos intercambiando nuestras respectivas opiniones durante un rato sin que se vieran avances significativos hasta que en el medio de la refriega nos dimos cuenta de una cosa. Nuestros objetivos no eran incompatibles en absoluto. El que estaba cansado quería descansar, pues bien, podía dejar de remar y manejar el timón en la oscuridad permaneciendo atento a las rocas. El que tenía frío quería calentarse, así que le dejé mi chubasquero (yo incluso sudaba pensando en la situación) y al rato se sentía mucho mejor. Ya estábamos todos en condiciones de abordar la tarea de regresar. Lo hicimos y llegué a casa con el tiempo justo para ganarme una bronca más que merecida pero salvando la cara y sin consecuencias en la confianza que mis padres tenían en mí.

Eso sí, aquel día aprendí dos cosas. No hay que dejarse distraer por el paisaje perdiendo la perspectiva de la situación, y el significado de la palabra trabajo en equipo.